sábado, 31 de mayo de 2008
Como un gato sin dueño
Hoy me gusta la vida mucho menos, pero cada mañana mis ojos se despiertan y sería un completo idiota si te dijera que existe algún motivo para hacerlo. Son acaso las canciones poco saludables que suelo escuchar y cantar, o tal vez las miserables líneas como estas las que me imponen una dirección ajena a todo lugar estable, pero ahora ya todo es distinto, y a pesar de que involuntariamente he despertado esta mañana, he de andar los pasos que se me antojen. La gente se da cuenta que no soy el mismo —gran hallazgo—, y sin embargo recorremos las mismas calles y desafinamos juntos, y no hay túneles que jamás terminen. Al menos no en esos bares. Esta función ya la he vivido, quizá con más presupuesto, pero el argumento va por ahí. Ahora entiendo la dimensión trágica de la dialéctica del eterno retorno y todo el pánico que trajo su planteamiento. Ya ves que la filosofía es digerible hasta para las mentes más frágiles. Es muy cómico vivir en medio del tránsito, del comercio ilícito de penas, del abandono moral auto-inflingido, y presenciar la sucesión de formas y ventanas que se me escapan. Qué raro no tener alguien para explicar cada paradoja de Zenón, lo que quiso decir tal actor; qué patético saber con gran certeza que puedes ser —y serás— reemplazado por cualquier diccionario de bolsillo. Otras razones me indican que la universidad tiene las respuestas, que sus espacios inviolables, infatigables de tanto amar en cada banca en cada jardín, con su calor de cuerpos cercanos, palpitantes y tangentes, albergarán toda la densidad de un animal nostálgico y sus ganas de no hacer. Entonces me propondré una tregua, la llamada secreta entre dos orillas, y así he de verter toda la confusión de mis manos en el molde que hará una réplica casi exacta de lo que tuve, de lo que no se va. Latente, acechando el milímetro de mi desnudez, esta memoria cede a la debilidad de las puertas que se arrojan entre sí para no ver, en una habitación con entradas y sin salidas, en una balacera de lápices que atraviesan el tiempo como cuchillo en la mantequilla. Las formas ondulantes, caprichosas de este archivo sin puntos ni comas me hacen desvariar. Hay mucha niebla, sí, pero camino aún y me hago el loco y esta vez no he de fallar; por esta acera he decidido inventarme las convergencias que me debo, el azaroso invierno de ambos hemisferios, las culpas y los abismos de tierras sin destino. Como el polvo en mis zapatos, como la mueca en cuenta regresiva de mis papeles, de esa manera entraré nuevamente en la zozobra de esta ciudad, mirando con ausencia el inconexo ardor de las luciérnagas que se atrasaron, estirando mis manos para ser rescatado, para ser hallado sin conciencia entre el delirio y la falsedad. Mucha gente me mira, sonrío y me abro paso. Con gesto decadente, tosco y sin pudor, esgrimo una mirada atónita y palpo lo tangible de estos muros a los lados, porque mis piernas respondieron y me siguieron, porque tengo la libertad de elegir un jardín donde acechar, donde tomar un nombre y correr. También hay un reloj, una llamada perdida, un árbol donde colgar casi todo lo que falta, un columpio y un poco de té. Lo demás es deuda, espejismo de otros páramos perdidos; lo necesario para perder el equilibrio está conmigo. Como un gato sin dueño, voy haciendo espacio en mis ojos para acomodar ese otro lado, y acaso lo oscuro se ve invadido, ocupado, expropiado de un vacío tantas veces recorrido, desplazado de raíz por la continuidad de este parque, de este árbol y esta rama, segado al fin por una voluntad ajena a mis probabilidades. Porque mis verdades me las pago yo, con lágrimas de polvo y monedas de cartón.
sábado, 12 de abril de 2008
Ampay me salvo
Por más tránsito de noche y de desiertos, la oscuridad y el silencio suelen aliarse para hacerme la camita. En este viaje de ida, el único retorno cercano es el de algo sin sombra y sin sueño, para clavarse en la ventana como una luna difusa y sudorosa que palpita tenue, vaga, allá en la negrura del fondo. Vano resulta todo intento de arañar a ciegas entre tanta cerrazón; ya para qué rasgar el cielo si detrás sólo hay más noche. Pero no importa porque más adelante hay un paradero donde se detendrán de golpe todas las formas, la puerta nos dirá que la crucemos y del otro lado mucha enfermedad. Acaso siempre hay algo más que se desconoce, lo importante es saber dónde olvidaste antiguas cartas, despegar la estampilla y si te dejan, ya pasará.
Por ahora la desnudez de una pausa exacta entre el color de mi llanto y el agujero donde guardo todo lo que creí era cierto o probable. A veces es terrible esperar que alguna esquina te diga el porqué de las cosas y te mires al espejo rodeado de nada, de humo y resignación. Del otro lado de la puerta no hallaré más que la navaja con que me abro camino entre la densidad de otras voces y la traición. Podría jurar que el tiempo no me toca y que sigo corriendo detrás de lo incorrecto, que caí por la borda pero jamás toqué fondo porque los abismos sólo son para los creyentes, sí para esos que se creían los más, los dueños de su verdad. A partir de ahora empiezo a entender el mecanismo del afuera, del siguiente renglón, del para siempre. Replegado en los páramos de mi ausencia, aguardo la irrupción de lo que alguna vez pospuse, mientras resuenan fondos en otros vasos y resbala mi tristeza por el lado más débil. Me aguarda el miedo atrás del muro, y por mi patio se cuelan ciertos vahos de otras épocas; no vale nada el silencio cuando nadie está ahí para verte acusarlo, pero este gato ya se enredó y las penas se van bailando como me dijeron. Ay Abraham cuando aprenderás a pisar con el pie derecho al bajar, a sacar la llave de la puerta al entrar, no sé, en algún momento tendremos la seguridad de decir lo adecuado a la persona correcta en el preciso instante.
Últimamente los cigarrillos no saben igual, no saben nada, me dejan colgado con la palabra en el dedo y la saliva en cualquier boca. Pero es cuestión de otras horas y repasar la herida sería callar esos juegos que dejé olvidados, que atrapé con mi trampa para cazar miradas, y que ya no están porque esos ampay me salvo todos mis compañeros se deshacen ahora en la angustia de toda piel. Y así preferiste las pequeñeces de lo que a escondidas reclamabas, te quedaste con el cambio y ahora las mesas de póquer son más grandes. La más prohibida de las frutas te espera hasta la aurora… Sólo quedaron grillos poblando los charcos que destila mi cansancio. Los parques, la manía de no mirar cuando debías, todo es arena y se derrama por la espalda que miro alejarse. Recuerda que la nobleza dura más entre bandidos. Sin embargo nadie viene y por eso eres caos, colisión frontal de infiernos, sangre de calles enteras, el cuchillo que golpea los cristales… la violencia del fuego me impide no decir. Me pegaría un tiro, pero ya los terminaste. Pido perdón por todo lo callado, lo que dictan mis huesos tomará forma de nudo en otros cuellos. He de morir de cosas así.
Por ahora la desnudez de una pausa exacta entre el color de mi llanto y el agujero donde guardo todo lo que creí era cierto o probable. A veces es terrible esperar que alguna esquina te diga el porqué de las cosas y te mires al espejo rodeado de nada, de humo y resignación. Del otro lado de la puerta no hallaré más que la navaja con que me abro camino entre la densidad de otras voces y la traición. Podría jurar que el tiempo no me toca y que sigo corriendo detrás de lo incorrecto, que caí por la borda pero jamás toqué fondo porque los abismos sólo son para los creyentes, sí para esos que se creían los más, los dueños de su verdad. A partir de ahora empiezo a entender el mecanismo del afuera, del siguiente renglón, del para siempre. Replegado en los páramos de mi ausencia, aguardo la irrupción de lo que alguna vez pospuse, mientras resuenan fondos en otros vasos y resbala mi tristeza por el lado más débil. Me aguarda el miedo atrás del muro, y por mi patio se cuelan ciertos vahos de otras épocas; no vale nada el silencio cuando nadie está ahí para verte acusarlo, pero este gato ya se enredó y las penas se van bailando como me dijeron. Ay Abraham cuando aprenderás a pisar con el pie derecho al bajar, a sacar la llave de la puerta al entrar, no sé, en algún momento tendremos la seguridad de decir lo adecuado a la persona correcta en el preciso instante.
Últimamente los cigarrillos no saben igual, no saben nada, me dejan colgado con la palabra en el dedo y la saliva en cualquier boca. Pero es cuestión de otras horas y repasar la herida sería callar esos juegos que dejé olvidados, que atrapé con mi trampa para cazar miradas, y que ya no están porque esos ampay me salvo todos mis compañeros se deshacen ahora en la angustia de toda piel. Y así preferiste las pequeñeces de lo que a escondidas reclamabas, te quedaste con el cambio y ahora las mesas de póquer son más grandes. La más prohibida de las frutas te espera hasta la aurora… Sólo quedaron grillos poblando los charcos que destila mi cansancio. Los parques, la manía de no mirar cuando debías, todo es arena y se derrama por la espalda que miro alejarse. Recuerda que la nobleza dura más entre bandidos. Sin embargo nadie viene y por eso eres caos, colisión frontal de infiernos, sangre de calles enteras, el cuchillo que golpea los cristales… la violencia del fuego me impide no decir. Me pegaría un tiro, pero ya los terminaste. Pido perdón por todo lo callado, lo que dictan mis huesos tomará forma de nudo en otros cuellos. He de morir de cosas así.
martes, 19 de febrero de 2008
Maneras de mirar
Hay una forma de abrir los ojos y mirar, donde nada sucede y nadie se asoma, donde las cosas son cosas y la gente son ellos. Pero aquí no, en esta parte de mi cuarto todo tiene un nombre y el orden de los sumandos sí altera el producto. Maldita capacidad de nominalizar una huella, la noción inexacta de sus manos apartadas, el sudor frío de un llanto apagado, mientras afuera, siempre afuera, todos bullen en la continuidad del tiempo que ella impone. Maldito domingo que irónicamente es de carnaval, sí, aunque este sol penetre los sinsentidos de mi ventana pero no de mi noche, así se escalde mi patio en el hervidero de luz que ofrece esta tarde. Demasiado temprano para mi gusto, a esta hora no bajan bien las penas, lo que sí baja en cambio es la producción efectiva de endorfinas, baja también alguna canción triste en una descarga vertiginosa, oportuna, y sobretodo, bajan infinitamente las ganas de correr en busca de alguien, de algo. En el peor de los casos, me permitiré buscar y no encontrar, dejaré que el azar de una ruta inválida me lleve lejos, fuera de rango, más allá de un teléfono público y de una avenida.
Ha quedado en mi cuerpo, únicamente, la sentencia de un derrame perpetuo, una noción de vacío como un vaso apurado, con dos hielos al fondo, derritiendo sus formas y mezclándose, ya tibios, con el gris informe de mi hoguera. Estas manos que otros días tensaban cada extremo de las noches, repitiendo en cada tecla ese tic-tac-tic-tac enfermizo de sus verbos, ocupando una a una sus maneras más extrañas, la morbidez de su manicure y sus etcéteras; dejaron ya de funcionar correctamente, concentradas en preparar el terreno para un aniquilamiento eficaz de todo vestigio. Mano, según la RAE, “parte del cuerpo humano unida a la extremidad del antebrazo y que comprende desde la muñeca inclusive hasta la punta de los dedos”. Nada de eso. Simplemente artífice, consorte y terminal de la imaginación, el delirio, la venganza.
Aquí en estas manos, en este cuerpo sí hay afueras, calles que camino sin tomar nada, sin llevarme nada de nadie, dejando de lado la acera, la calzada principal de todos mis fracasos, recorriendo más espacio en más tiempo y en más combis, sentado de lado de la ventana (prefiero ese lado; los pasillos me hacen llorar), allí donde todo está afuera, mientras mi pena y yo nos movilizamos a una velocidad inconstante, voraz. Y todos vienen hacía mí, todo y todos en la contingencia del caos urbano, en la soledad de miradas que deslizan sus trazos y sus muecas por sobre mis hombros. Esas voces, los escombros de sus sonrisas, siempre tomarán algo de mí. Y no me opongo. Nada está más perdido que la estúpida costumbre de esperar.
Febrero. Todo está mal, patas arriba. Cada rincón de mi carne y cada telaraña del rincón reclaman una huída, un viaje al fin de la noche. Puede ser que algún día de estos lo haga, es decir, dejar de lado la conformidad de una almohada, el laberíntico patio de mis miedos. Mis pasos al fin responderán y me seguirán, y la levedad de lo escrito será noche, polvo, ceniza.
Ha quedado en mi cuerpo, únicamente, la sentencia de un derrame perpetuo, una noción de vacío como un vaso apurado, con dos hielos al fondo, derritiendo sus formas y mezclándose, ya tibios, con el gris informe de mi hoguera. Estas manos que otros días tensaban cada extremo de las noches, repitiendo en cada tecla ese tic-tac-tic-tac enfermizo de sus verbos, ocupando una a una sus maneras más extrañas, la morbidez de su manicure y sus etcéteras; dejaron ya de funcionar correctamente, concentradas en preparar el terreno para un aniquilamiento eficaz de todo vestigio. Mano, según la RAE, “parte del cuerpo humano unida a la extremidad del antebrazo y que comprende desde la muñeca inclusive hasta la punta de los dedos”. Nada de eso. Simplemente artífice, consorte y terminal de la imaginación, el delirio, la venganza.
Aquí en estas manos, en este cuerpo sí hay afueras, calles que camino sin tomar nada, sin llevarme nada de nadie, dejando de lado la acera, la calzada principal de todos mis fracasos, recorriendo más espacio en más tiempo y en más combis, sentado de lado de la ventana (prefiero ese lado; los pasillos me hacen llorar), allí donde todo está afuera, mientras mi pena y yo nos movilizamos a una velocidad inconstante, voraz. Y todos vienen hacía mí, todo y todos en la contingencia del caos urbano, en la soledad de miradas que deslizan sus trazos y sus muecas por sobre mis hombros. Esas voces, los escombros de sus sonrisas, siempre tomarán algo de mí. Y no me opongo. Nada está más perdido que la estúpida costumbre de esperar.
Febrero. Todo está mal, patas arriba. Cada rincón de mi carne y cada telaraña del rincón reclaman una huída, un viaje al fin de la noche. Puede ser que algún día de estos lo haga, es decir, dejar de lado la conformidad de una almohada, el laberíntico patio de mis miedos. Mis pasos al fin responderán y me seguirán, y la levedad de lo escrito será noche, polvo, ceniza.
viernes, 4 de enero de 2008
La luna no está donde ella cree
Apareces en el umbral de todo sendero como si nada pasara, y mientras tanto suena y suena el teléfono y yo debajo de una almohada. Sí, esa misma, la amarilla de pollitos, la que guardaba mis llantos de niño y ahora los devuelve. En la ciudad todo es bulla, es la dinámica de un caos que no penetra la ventana de mi cuarto, una verdad que se hace evidente en el eterno corretear de más gatos en el techo. Los mismos gatos que mirábamos desconcertados desde mi patio, y que ahora me miran y se van. De alguna manera —y de ninguna— busqué tus manos en la oscuridad, tus piernas sobre mí o tu boca, tanteando el espacio vacío hasta dar con el teléfono. Era lo único que sabía hacer en ese momento, sollozar y decir no. Apretando fuertemente mi costado por miedo a desbordarme, el auricular cedió y tres, dos, uno.
Ahora recuerdo haberme dormido debajo de tantos sueños, de los cuales sólo tengo una sensación aquí en mis uñas, en mis ojos, en mi lengua. Todo empezó así y así morirá. Mi llamada en la tarde, la creencia imbécil en los árboles y el viento en ellos fueron suficientes para arrasarme. Pero tú eres distinta, aún crees y sabes soñar, todavía golpeas el aire con tu cabello y ya no temes despeinarte. No sé, creo que ya empezó la danza gloriosa de una iniciación atrasada, pospuesta por el egoísmo de aquel que te amó sin saber cómo y sabiendo por qué. Ya no necesitas manejarte en barcos de papel ni servilletas dobladas, ya sabes que las envolturas sólo sirven para arropar un reto, en fin, tus miedos se quedaron en esa bolsa llena de las cosas que me devolviste. Caricias, abrazos, promesas de amistad que no cumpliré o de llamadas que no haré, todo me hace más sombra y me obliga a esto, a replegarme en esta habitación oscura, pocas veces alegre.
Debo aprender a dejarla ir, a verla correr por la ciudad pero de lejos, desde la mirada extraña de un recuerdo, de un déjà vu antiguo, distante. Descubrirá poco a poco el sonido real de las calles, nuestras canciones serán archivadas, aprenderá que bailar con extraños no es malo y que la gente hace daño. Confiará y será traicionada, conocerá a fondo el odio que ya probó y el silencio que le enseñé, las miradas serán sesgadas y habrán pocas salidas. Algún día se dará cuenta que hay un cielo sobre nosotros, que siempre lo hubo y que perdió mucho tiempo, que las estrellas nos miran y que la luna no está donde ella cree.
Ahora recuerdo haberme dormido debajo de tantos sueños, de los cuales sólo tengo una sensación aquí en mis uñas, en mis ojos, en mi lengua. Todo empezó así y así morirá. Mi llamada en la tarde, la creencia imbécil en los árboles y el viento en ellos fueron suficientes para arrasarme. Pero tú eres distinta, aún crees y sabes soñar, todavía golpeas el aire con tu cabello y ya no temes despeinarte. No sé, creo que ya empezó la danza gloriosa de una iniciación atrasada, pospuesta por el egoísmo de aquel que te amó sin saber cómo y sabiendo por qué. Ya no necesitas manejarte en barcos de papel ni servilletas dobladas, ya sabes que las envolturas sólo sirven para arropar un reto, en fin, tus miedos se quedaron en esa bolsa llena de las cosas que me devolviste. Caricias, abrazos, promesas de amistad que no cumpliré o de llamadas que no haré, todo me hace más sombra y me obliga a esto, a replegarme en esta habitación oscura, pocas veces alegre.
Debo aprender a dejarla ir, a verla correr por la ciudad pero de lejos, desde la mirada extraña de un recuerdo, de un déjà vu antiguo, distante. Descubrirá poco a poco el sonido real de las calles, nuestras canciones serán archivadas, aprenderá que bailar con extraños no es malo y que la gente hace daño. Confiará y será traicionada, conocerá a fondo el odio que ya probó y el silencio que le enseñé, las miradas serán sesgadas y habrán pocas salidas. Algún día se dará cuenta que hay un cielo sobre nosotros, que siempre lo hubo y que perdió mucho tiempo, que las estrellas nos miran y que la luna no está donde ella cree.
jueves, 20 de diciembre de 2007
Los peces no lloran
Una vez más la noche de bajada y yo evitando todo tipo de pensamiento no apto para los de este lado. Tantas cosas que arremetieron sin tregua, desde los “cigarrillos” mañaneros de un amigo, el viaje sin boleto de vuelta, su llamada a las 6:31 a.m., mis errores y la estupidez de siempre. Pero esta vez más bella y más absurda. “Siga de frente, maestro, de frente por favor. Los peces no lloran.” Me escucho una y otra vez repitiendo esto, al filo del acantilado, justo cuando pienso estar en lo correcto y la acuosidad del fin se hace tangible. Sin embargo ha volteado. Giró a la izquierda y volvió a todos los comienzos. Mi estado no permite ambigüedades: me ocuparé del resto y dejaré mi mochila atrás, junto al ron y los reggaetones. Cada quién con sus cosas y aun así todos mezclados en esta mueca intransigente, en el vértigo de las avenidas cada vez más vacías. Toda la contingencia de las voces las canciones y más minutos en el retrovisor, más de ese silencio del que me habló Kike. Go ‘way from my window, leave at your own chosen speed. No, por la ventana es más rápido. Y más fácil arrebatar el sonido jamás pensado, la oscuridad que faltó en ese rato, mientras eliges tus modos y yo en el rincón de siempre, mirando.
Sigo aquí, en la voluptuosidad de este grupo que desciende junto a mí a esos últimos fondos. Nada cambiará, salvo la estación de radio y una que otra permutación en los asientos. Al fin algo de responsabilidad, los árboles ya no huyen, parece el final del túnel. Los cerros, el aire, el sol, cada muro y cada voz confluyen en el mitigante parpadear de una señal que no llega, ni a mi vida ni a mi celular. (De qué sirven tantos juegos tanta bulla si llegaré al paradero de siempre con la llave en la mano, y la puerta de siempre se cerrará al entrar y el gato en el techo y otra vez más de esto.) Por eso no, huiré por la auxiliar de sus “misios”, dejaré toda noción de mi nostalgia debajo de los mp3s suicidas mientras me abandono al palpitar inconexo de algunos corazones que comparten conmigo esta última cena periódica. Lo único que me ata a la ciudad son esos cables altos e infinitos.
Debo limitarme a coger lo que pueda y partir. Compartiré mi páramo si lo pides, no importa, sólo deja de mirar con esa inquietud. Ella mira con algo que jamás entenderé, y se acerca y vuelvo a caer en esa verdad que busco. Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis. Se hace necesaria esta clase de brebajes oscuros; es menos triste sufrir sentado que de pie. Así perturbas todas mis ansias, y en la alquimia de cada condición no expuesta tejeré una manera de no hallarme, la llamada que imaginé o el mensaje que se borró. Toda mirada trasciende en juego, en duelo, y el síntoma de toda muerte empieza donde ellas terminan. Han terminado todas para mí, pero el carro giró y estoy donde me quedé. No hay game over ni “reseteadas”. Mi vida se resume en el pause para hacer un cambio en la alineación.
Sigo aquí, en la voluptuosidad de este grupo que desciende junto a mí a esos últimos fondos. Nada cambiará, salvo la estación de radio y una que otra permutación en los asientos. Al fin algo de responsabilidad, los árboles ya no huyen, parece el final del túnel. Los cerros, el aire, el sol, cada muro y cada voz confluyen en el mitigante parpadear de una señal que no llega, ni a mi vida ni a mi celular. (De qué sirven tantos juegos tanta bulla si llegaré al paradero de siempre con la llave en la mano, y la puerta de siempre se cerrará al entrar y el gato en el techo y otra vez más de esto.) Por eso no, huiré por la auxiliar de sus “misios”, dejaré toda noción de mi nostalgia debajo de los mp3s suicidas mientras me abandono al palpitar inconexo de algunos corazones que comparten conmigo esta última cena periódica. Lo único que me ata a la ciudad son esos cables altos e infinitos.
Debo limitarme a coger lo que pueda y partir. Compartiré mi páramo si lo pides, no importa, sólo deja de mirar con esa inquietud. Ella mira con algo que jamás entenderé, y se acerca y vuelvo a caer en esa verdad que busco. Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis. Se hace necesaria esta clase de brebajes oscuros; es menos triste sufrir sentado que de pie. Así perturbas todas mis ansias, y en la alquimia de cada condición no expuesta tejeré una manera de no hallarme, la llamada que imaginé o el mensaje que se borró. Toda mirada trasciende en juego, en duelo, y el síntoma de toda muerte empieza donde ellas terminan. Han terminado todas para mí, pero el carro giró y estoy donde me quedé. No hay game over ni “reseteadas”. Mi vida se resume en el pause para hacer un cambio en la alineación.
sábado, 3 de noviembre de 2007
Manual de normas
Pero te toca y no lo puedes evitar, y en todo vano intento dejas una mirada sin ver, una cita sin final o un celular sin saldo. Hablamos, dejamos los planes hechos y embarcamos caminos distintos hacia lugares donde el final no se ve pero se sabe que felices no son. Ya desde antes, tres o más horas de estudio, concentrado en cada errata del Manual de normas de KFC y en la mosca que se desplaza perpendicularmente a mi mesa, en la ventana. Muy atento también a los movimientos ceremoniales de un rostro que produce ciertas cosas en mí, pero no sé exactamente qué ni cómo ni porqué. Esto me agrada, me abruma, me perturba, todo a la vez. Sí, todo anda mal, desde las estúpidas sonrisas hasta los datos innecesarios que anoto en mis hojas. Ambas cosas tontas, poco serias, menos productivas —ahora que lo recuerdo— que una noche en esos guariques recurrentes, con muchas Brahmas a 3x10 y mujeres talla 30x32, pero lejos, bien lejos de nuestra mesa.
Acaso una salsa sensual evite el desborde, la afloración de un sentimiento desesperado, mientras allá otros cuatro juegan a robar celulares en el sudor de una batalla donde abunda el humo y los ganadores son pocos. Más olor a tabaco mezclado a la irreprimible testosterona que nos mantiene de un lugar a otro, en un movimiento pendular de caderas y vientres, en una vorágine de formas confusas, labiales de mercado, teléfonos falsos. Los más audaces, los que entramos en esa pose de intelectuales sofisticados, quedaremos constantemente relegados a las sillas, a recostarnos en la pared bailando con la sombra de algún “mensaje misio”.
“Mira esas flacas, están mirándonos hace rato.” Lo sé, parecen mirarnos, la misma trama de los imponderables que se agitan entre nosotros, desde nosotros hacia más allá de una necesidad de ojos, manos, labios y messengers. Y la ansiedad inversamente proporcional a la liquidez de nuestros bolsillos, a la falta de “liquidez” de nuestras gargantas. Aún así, cantamos y nos reímos en la ubicuidad de una risa mayor, sorda, innumerablemente absurda. Seguimos siendo nadie: tantas separatas y teorías y manuales de estilo… ¿para qué? En lo tangible de nuestra realidad nocturna se evidencia la nulidad práctica de todo ese bagaje académico, insuficientemente “florero”. Mejor es partir, dejar atrás esos baños con puertas estilo “The Wild Bunch”, ese infierno de luces superpuestas, el ajedrez del piso donde no hay coronas, alfiles ni caballos, sólo peones, simples peones, y una que otra “reina”. Adónde iremos cada vez que se enciendan las luces en los postes y el anuncio de la noche irrumpa en cada vaso vacío y todo camino conduzca al desvío Venezuela-Universitaria.
Ahora ya nada es tan importante, ni el Manual de normas que sólo hablaba de un tal Fahrenheit abreviado, acrónimos mal armados y un sin fin de letras que al final sólo conjugaban un par de nombres antagónicos. Sigo creyendo que la mejor solución a todo esto es la muerte simbólica de todo lo que sea ajeno a mis necesidades primarias. Comer poco, dormir mucho, llorar, fumar… con eso creo que bastará. Lo peor viene cuando me hago protagonista de una vida que no estará más. Y el instinto y la capacidad de amar, la soledad, el miedo, la carencia… Ya no recuerdo cómo vivir. Es extraño porque hoy creí volver al juego, pero fue un simulacro. Alguien activó la alarma conmigo adentro.
Acaso una salsa sensual evite el desborde, la afloración de un sentimiento desesperado, mientras allá otros cuatro juegan a robar celulares en el sudor de una batalla donde abunda el humo y los ganadores son pocos. Más olor a tabaco mezclado a la irreprimible testosterona que nos mantiene de un lugar a otro, en un movimiento pendular de caderas y vientres, en una vorágine de formas confusas, labiales de mercado, teléfonos falsos. Los más audaces, los que entramos en esa pose de intelectuales sofisticados, quedaremos constantemente relegados a las sillas, a recostarnos en la pared bailando con la sombra de algún “mensaje misio”.
“Mira esas flacas, están mirándonos hace rato.” Lo sé, parecen mirarnos, la misma trama de los imponderables que se agitan entre nosotros, desde nosotros hacia más allá de una necesidad de ojos, manos, labios y messengers. Y la ansiedad inversamente proporcional a la liquidez de nuestros bolsillos, a la falta de “liquidez” de nuestras gargantas. Aún así, cantamos y nos reímos en la ubicuidad de una risa mayor, sorda, innumerablemente absurda. Seguimos siendo nadie: tantas separatas y teorías y manuales de estilo… ¿para qué? En lo tangible de nuestra realidad nocturna se evidencia la nulidad práctica de todo ese bagaje académico, insuficientemente “florero”. Mejor es partir, dejar atrás esos baños con puertas estilo “The Wild Bunch”, ese infierno de luces superpuestas, el ajedrez del piso donde no hay coronas, alfiles ni caballos, sólo peones, simples peones, y una que otra “reina”. Adónde iremos cada vez que se enciendan las luces en los postes y el anuncio de la noche irrumpa en cada vaso vacío y todo camino conduzca al desvío Venezuela-Universitaria.
Ahora ya nada es tan importante, ni el Manual de normas que sólo hablaba de un tal Fahrenheit abreviado, acrónimos mal armados y un sin fin de letras que al final sólo conjugaban un par de nombres antagónicos. Sigo creyendo que la mejor solución a todo esto es la muerte simbólica de todo lo que sea ajeno a mis necesidades primarias. Comer poco, dormir mucho, llorar, fumar… con eso creo que bastará. Lo peor viene cuando me hago protagonista de una vida que no estará más. Y el instinto y la capacidad de amar, la soledad, el miedo, la carencia… Ya no recuerdo cómo vivir. Es extraño porque hoy creí volver al juego, pero fue un simulacro. Alguien activó la alarma conmigo adentro.
Big bang por History Channel
Y de pronto es la vereda que tergiversa más pasos a medida que o avanzo o retrocedo pero siempre a ese mismo lugar. La distancia más difícil de cubrir es quizá la que jamás recorrí o bien porque no estabas o porque me quede dormido o acaso la tarde se acabó. Solamente la inclemencia de un clima que carcome tanto mis estados más duros como los objetos de mi cuarto, así como los retazos de una presencia remota que se instaló en esa especie de tejido espacio-temporal del que hablara Einstein y tantos otros conocedores del tema. Programación inútil la que me toca: no hay big bang ni teorías del caos que puedan explicar el mecanismo más simple de dos cuerpos que jugaron siempre a no pisar las rayas de la acera al caminar. Ahora nada es lo mismo, lo sé y lo presiento aún cuando nunca entendí cómo fue.
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