[Alejandra P. creía que ejercicios como estos la ayudarían, tarde o temprano, a mejorar su estilo. Ella quiso escribir su ‘gran novela’. Nunca lo hizo. Y creo que es mejor así porque como poeta la rompió. Veremos qué pasa con nosotros.]
Domingo en cama, con ganas de todo, pero no aquí.
Muriendo de distancia, poco a poco. El trabajo es bueno, la paga mejor. Dinero, alcohol, ropa y huevadas… no me puedo quejar. Pero sin amigos, todo se va a la mierda. "Lerner" tenía razón, siempre la tuvo.
Afuera, -17 grados Celsius. Adentro, en mi cabeza, una frase golpea y no se cansa: “Muriendo de mejores maneras”. Amén.
domingo, 23 de enero de 2011
lunes, 3 de enero de 2011
Cuatro Oestes
Primeros días de noviembre y ya las penúltimas hojas recorren avenidas enteras que no me atrevo a recordar. Una que otra se balancea frente a mis ojos para ir a dar en la punta de una sonrisa a destiempo, la misma hoja seca que se tropieza con la mujer sentada a la orilla de la calle Maplewood, con todos sus rostros y repasando uno a uno sus cuatro oestes. Nadie supo si fue antes o después pero si algo es cierto es que uno nunca sabe dónde deja olvidadas las bancas de esta ciudad. Ella miraba sus zapatos con un placer descomunal, como si el fondo de cualquiera, de todos sus miedos, viviera bajo sus pies o en el pedazo de acera que la acogía. Supe que era sábado por el olor de los robles y supe también que no era demasiado tarde ni tan temprano como para dejarme extraviar en la enfermedad de saberme uno más en su juego de espejos. Pudo haber sido de otro modo pero a ese ritmo solo acerté a contener el aliento para no perderlo, para no asustarla. Supe que no era cierto por todo lo demás.
Ella cruzó la calzada y fumaba un cigarrillo lentamente, casi sin ganas, quizás para no marearse y perder la cabeza, soltando el humo como quien deja ir un amor, en cantidades regulares como indican los frascos de medicinas, suponiendo una pitada que le inyecte algo de fuego entre el corazón y el recuerdo. Cruzó la calzada, arrastrada en gran medida por las puntitas de sus zapatos, con la fiebre encima del reloj y una gota de sudor (o lidocaína) en la sien. Iba sin mirar nada más que el sendero que proyectaba a fuerza de humo y promesas, tan escasa de sombra, quizás atenta a los pasos que iba dando mientras los contaba y los dibujaba en la parte blanca de sus ojos, manía absurda. Digamos que lo que menos deseaba era perderlos, sus pasos, enumerados con la neurosis de quien alguna vez perdió la conciencia entre vómito y tequilas. No importa el humo en los ojos ni el semáforo en verde, a esta edad uno se juega la vida donde menos lo espera. Y viceversa. Era fácil, cosa de chicos, al parecer su mirada no era la mejor de sus cartas, podría decir que jamás lo fue y por eso no lo supo hacer como se debe; el mirar solo fue necesario siempre que una mentira agotara sus arterias, siempre que sus mañanas escaparan volando hasta el cansancio. No miraba para ver sino para dejarse invadir por el gris de los pájaros en las ramitas; deslumbrados y aturdidos, sus ojos se vaciaron de afuera hacia adentro, hundiéndose en el vórtice del fuego, la niebla, la nicotina. Cruzó la calzada y sus dedos desprendían palabritas de auxilio, grititos que se confundían con el crepitar del tabaco a menos de 4 centímetros de distancia. Unos dedos que sujetaban su muerte como un nudo sin retorno, abrazando sus miserias como gusanos en la oscuridad. Pude ver destellar sus manos en un terrible espasmo de agonía mientras avanzaba llena de nada, a pocos metros de la acera, intentando aferrarse a los últimos trozos de luz que dejaba el otoño. Era inútil descubrirle una mentira porque sus manos solo hablaban de certezas, incluso cuando cedieron en slow motion, liberando la colilla del cigarrillo que fue a dar a un universo menos improbable. Quedó atada sin saberlo al reflejo brillante de su cuerpo latiéndome entre las cejas, detrás del cristal de los anteojos, bajándome como un bálsamo que aún hoy reseca mis labios entreabiertos. Juntos bajo ese cielo, compartiendo los vientos sucios, la calle helada desde cualquier ventana, quedó atada a mis horas más raras, la hice mía en todas las tristezas y deseé una vez más tropezarme con el murmullo de sus ojos sin distancia. Hubiera sido tan sencillo retroceder unos pasos y ser uno más, llamar su atención, ocupar por un instante las moléculas de su miseria que brotaba desesperada, como musgo entre sus párpados y el tiempo. Porque su cuerpo me hablaba del tiempo y de esas ventanas que siempre se nos cierran, los negativos, las cicatrices que sus labios balbuceaban sin dejarle una pausa a los sentidos. De este tiempo de mierda escrito con la lógica del abandono. Algo así como una gota de vino cayendo en una servilleta, en un papel que nos tomó por sorpresa en el tránsito cansino de la calle Maplewood, a pocos minutos de todos los comienzos, del mismo final, en el instante exacto donde temblaste junto a la colilla que iba mojándonos de ceniza, tan cobardes y ausentes como la gota púrpura que nos llena de veneno, difuminados en un fondo gris donde los dedos se deforman en la expansión caótica, sedienta, del Pinot Noir. Y fuimos los indicados, sin prejuicios ni azares, sin otra explicación que la humedad puesta en tus labios por algo sin nombre, espectadores de la pequeña manchita en la servilleta de nuestras veredas, de la gota de vino y su metamorfosis, de toda esa otra mancha que eras tú.
Ella, sí; no fueron las píldoras sino los malditos sábados que debí abandonar hace mucho los que la atan hoy más a mí, acaso también las recompensas que busqué siempre desde la cara oculta de mis ojos y que hoy me atraparon con el mundo mirando desde la cornisa, en la otra esquina. Su cabello retuvo el último brillo de la tarde, con furia, casi con deseo, y a su lado, ascendiendo como el coro de la noche, el humo desprendió los pedazos de su nombre grabados en la colilla, más tarde en el olvido. Todo en ella tuvo un ritmo, una avenida con olor a venganza. Y así lo deseara, no pude adivinarlo. Además que los deseos no son la especialidad del cartero. Nadie nunca le pone atención a estas cosas, lo aprendes cuando dejas de dormir con los ojos cerrados. No importaba tanto porque la única realidad era la suya y tenía algo de fantástico y loco, litografía donde el deseo era un naufragio en el medio de la soledad. Maldita realidad donde ahora soy algo menos que un objeto, a lo mucho una sombra en la oscuridad. El tipo que arruinó la foto y que hoy, una vez más, lamenta no tener un revólver en su bolsillo derecho.
Ella cruzó la calzada y fumaba un cigarrillo lentamente, casi sin ganas, quizás para no marearse y perder la cabeza, soltando el humo como quien deja ir un amor, en cantidades regulares como indican los frascos de medicinas, suponiendo una pitada que le inyecte algo de fuego entre el corazón y el recuerdo. Cruzó la calzada, arrastrada en gran medida por las puntitas de sus zapatos, con la fiebre encima del reloj y una gota de sudor (o lidocaína) en la sien. Iba sin mirar nada más que el sendero que proyectaba a fuerza de humo y promesas, tan escasa de sombra, quizás atenta a los pasos que iba dando mientras los contaba y los dibujaba en la parte blanca de sus ojos, manía absurda. Digamos que lo que menos deseaba era perderlos, sus pasos, enumerados con la neurosis de quien alguna vez perdió la conciencia entre vómito y tequilas. No importa el humo en los ojos ni el semáforo en verde, a esta edad uno se juega la vida donde menos lo espera. Y viceversa. Era fácil, cosa de chicos, al parecer su mirada no era la mejor de sus cartas, podría decir que jamás lo fue y por eso no lo supo hacer como se debe; el mirar solo fue necesario siempre que una mentira agotara sus arterias, siempre que sus mañanas escaparan volando hasta el cansancio. No miraba para ver sino para dejarse invadir por el gris de los pájaros en las ramitas; deslumbrados y aturdidos, sus ojos se vaciaron de afuera hacia adentro, hundiéndose en el vórtice del fuego, la niebla, la nicotina. Cruzó la calzada y sus dedos desprendían palabritas de auxilio, grititos que se confundían con el crepitar del tabaco a menos de 4 centímetros de distancia. Unos dedos que sujetaban su muerte como un nudo sin retorno, abrazando sus miserias como gusanos en la oscuridad. Pude ver destellar sus manos en un terrible espasmo de agonía mientras avanzaba llena de nada, a pocos metros de la acera, intentando aferrarse a los últimos trozos de luz que dejaba el otoño. Era inútil descubrirle una mentira porque sus manos solo hablaban de certezas, incluso cuando cedieron en slow motion, liberando la colilla del cigarrillo que fue a dar a un universo menos improbable. Quedó atada sin saberlo al reflejo brillante de su cuerpo latiéndome entre las cejas, detrás del cristal de los anteojos, bajándome como un bálsamo que aún hoy reseca mis labios entreabiertos. Juntos bajo ese cielo, compartiendo los vientos sucios, la calle helada desde cualquier ventana, quedó atada a mis horas más raras, la hice mía en todas las tristezas y deseé una vez más tropezarme con el murmullo de sus ojos sin distancia. Hubiera sido tan sencillo retroceder unos pasos y ser uno más, llamar su atención, ocupar por un instante las moléculas de su miseria que brotaba desesperada, como musgo entre sus párpados y el tiempo. Porque su cuerpo me hablaba del tiempo y de esas ventanas que siempre se nos cierran, los negativos, las cicatrices que sus labios balbuceaban sin dejarle una pausa a los sentidos. De este tiempo de mierda escrito con la lógica del abandono. Algo así como una gota de vino cayendo en una servilleta, en un papel que nos tomó por sorpresa en el tránsito cansino de la calle Maplewood, a pocos minutos de todos los comienzos, del mismo final, en el instante exacto donde temblaste junto a la colilla que iba mojándonos de ceniza, tan cobardes y ausentes como la gota púrpura que nos llena de veneno, difuminados en un fondo gris donde los dedos se deforman en la expansión caótica, sedienta, del Pinot Noir. Y fuimos los indicados, sin prejuicios ni azares, sin otra explicación que la humedad puesta en tus labios por algo sin nombre, espectadores de la pequeña manchita en la servilleta de nuestras veredas, de la gota de vino y su metamorfosis, de toda esa otra mancha que eras tú.
Ella, sí; no fueron las píldoras sino los malditos sábados que debí abandonar hace mucho los que la atan hoy más a mí, acaso también las recompensas que busqué siempre desde la cara oculta de mis ojos y que hoy me atraparon con el mundo mirando desde la cornisa, en la otra esquina. Su cabello retuvo el último brillo de la tarde, con furia, casi con deseo, y a su lado, ascendiendo como el coro de la noche, el humo desprendió los pedazos de su nombre grabados en la colilla, más tarde en el olvido. Todo en ella tuvo un ritmo, una avenida con olor a venganza. Y así lo deseara, no pude adivinarlo. Además que los deseos no son la especialidad del cartero. Nadie nunca le pone atención a estas cosas, lo aprendes cuando dejas de dormir con los ojos cerrados. No importaba tanto porque la única realidad era la suya y tenía algo de fantástico y loco, litografía donde el deseo era un naufragio en el medio de la soledad. Maldita realidad donde ahora soy algo menos que un objeto, a lo mucho una sombra en la oscuridad. El tipo que arruinó la foto y que hoy, una vez más, lamenta no tener un revólver en su bolsillo derecho.
domingo, 2 de enero de 2011
El camino de regreso
Todo se vuelve insostenible a cierta distancia. Quizás no sea polvo ni levedad pero el maldito invierno solo sabe de fórmulas erróneas. Una guerra de nombres que jamás aprendí a jugar, error del maquinista podrían decir. Todo se cubre de imágenes, de nieve o de sustancias menos ciertas, las canciones se suceden y la normalidad tiene el rostro de todas las cosas, excepto de esta noche a medio beber.
Verás, cuando te conocí, me miraste sin verme, huraña, celosa de tu tiempo y de las promesas que sabías te iba a arrebatar. Esos ojos que siempre te envidié, esa manera tan propia de tu especie, la luz de la tarde que se endurecía en tu costado mientras te dabas vuelta y me dejabas con el corazón palpitando en mis zapatos. Si te volví a ver fue solo por tu miedo a quedarte sola, en el fondo ambos sabíamos qué era lo que nos esperaba: tú me dabas tu vida, yo a cambio, mi soledad. Era lo justo y nada podía tener más sentido. Pero nadie te dijo salta y tampoco lo hiciste, te empujaron quizás. Todos nos empujaron a estas esquinas, a la inevitable sorpresa que ahora nos detiene frente al horror de una casa sin rincones. Era Lima y era nuestra, ¿recuerdas? Nunca fuimos tan felices pero las madrugadas nos podían durar más que cualquier otra cosa y eso bastaba. De pronto saltabas a mi lado y en tus ojos brillaba el miedo de saberte perdida por mi culpa. Y aun así todo estaba bien.
Mis manos jamás sirvieron para los regresos, en realidad creo que no estuvieron cuando debieron; insuficientes y humanas, extraviaron tus sonidos en los techos absurdos del vecindario. Has debido olvidar el camino y no te culpo; de no ser así ya hubieras vuelto, en esta noche donde casi todos duermen y nadie ganó a la lotería.
Verás, cuando te conocí, me miraste sin verme, huraña, celosa de tu tiempo y de las promesas que sabías te iba a arrebatar. Esos ojos que siempre te envidié, esa manera tan propia de tu especie, la luz de la tarde que se endurecía en tu costado mientras te dabas vuelta y me dejabas con el corazón palpitando en mis zapatos. Si te volví a ver fue solo por tu miedo a quedarte sola, en el fondo ambos sabíamos qué era lo que nos esperaba: tú me dabas tu vida, yo a cambio, mi soledad. Era lo justo y nada podía tener más sentido. Pero nadie te dijo salta y tampoco lo hiciste, te empujaron quizás. Todos nos empujaron a estas esquinas, a la inevitable sorpresa que ahora nos detiene frente al horror de una casa sin rincones. Era Lima y era nuestra, ¿recuerdas? Nunca fuimos tan felices pero las madrugadas nos podían durar más que cualquier otra cosa y eso bastaba. De pronto saltabas a mi lado y en tus ojos brillaba el miedo de saberte perdida por mi culpa. Y aun así todo estaba bien.
Mis manos jamás sirvieron para los regresos, en realidad creo que no estuvieron cuando debieron; insuficientes y humanas, extraviaron tus sonidos en los techos absurdos del vecindario. Has debido olvidar el camino y no te culpo; de no ser así ya hubieras vuelto, en esta noche donde casi todos duermen y nadie ganó a la lotería.
lunes, 4 de octubre de 2010
Almita de animal redundante
No nos cuesta nada dejar de pagarnos las desdichas a largo plazo, no es tan difícil (dicen) olvidarnos de apagar las luces al salir, o de encenderlas al entrar, error de perspectiva. El punto es que siempre procuramos cancelar, por adelantado (perdonen el plural), toda una vida de ilusiones marchitas, toda una noche de tropiezos en el mismo rostro. Es el cáncer que hemos de beber.
Esta imposibilidad por una literatura “feliz” se me antoja en cada tacto, quizás desde un otoño (o era invierno) sin fecha ni nombres, desde las faldas de mamá, desde el corazón desgranado de un gato que no deja de llorar. Y no deja de llorar. Este pacto con la amargura no es gratuito ni bienvenido, bien lo sabes, me apagaron las luces y los postes solo saben parpadear para sí mismos, un poco para la lluvia. De todos modos, estas podridas estaciones me llevaron a descubrir un pequeño momento en cada tarde donde la inmovilidad es lo cotidiano, lo real, un espacio donde el tiempo se estira se estira, mirando a través de mi bolsillo o la ventanilla entreabierta de la camioneta. El viento solo suspira detrás de tu espalda, te da la bienvenida mientras golpea tu mejilla y la conforta, no es ningún hombro y mucho menos un Kleenex pero te da la mano bien dada y lo demás importa poco. Cada tarde tiene este pedacito de nube, agujero de gusano donde las millas se hacen polvo y caminamos en algodón (de azúcar si quieres) y los recuerdos se te escurren calle abajo, en el drenaje. En cambio la noche siempre es la misma, hinchada de vidas que se trastocan o se intercambian por boletos de autobús, cocaína, animalitos luminiscentes alrededor de la bombilla que proyecta siempre la misma sombra, criaturas como yo, con mi alma en el bolsillo dando golpes inermes al cristal de luz. La pantalla aguanta todo y no admite trascendencias, sé muy bien que a estas horas en este segundo estas igual que yo, oculta en el anonimato de tus teclas, del otro lado de esta condena, aceptando solicitudes de amistad o diciéndole a alguien que sí, que el viernes te parece perfecto. A veces quisiera que no me importe pero luego miro mis alitas, deshechas de pegarle tanto y tanto al mismo vidrio. Almita de animal redundante.
Esta imposibilidad por una literatura “feliz” se me antoja en cada tacto, quizás desde un otoño (o era invierno) sin fecha ni nombres, desde las faldas de mamá, desde el corazón desgranado de un gato que no deja de llorar. Y no deja de llorar. Este pacto con la amargura no es gratuito ni bienvenido, bien lo sabes, me apagaron las luces y los postes solo saben parpadear para sí mismos, un poco para la lluvia. De todos modos, estas podridas estaciones me llevaron a descubrir un pequeño momento en cada tarde donde la inmovilidad es lo cotidiano, lo real, un espacio donde el tiempo se estira se estira, mirando a través de mi bolsillo o la ventanilla entreabierta de la camioneta. El viento solo suspira detrás de tu espalda, te da la bienvenida mientras golpea tu mejilla y la conforta, no es ningún hombro y mucho menos un Kleenex pero te da la mano bien dada y lo demás importa poco. Cada tarde tiene este pedacito de nube, agujero de gusano donde las millas se hacen polvo y caminamos en algodón (de azúcar si quieres) y los recuerdos se te escurren calle abajo, en el drenaje. En cambio la noche siempre es la misma, hinchada de vidas que se trastocan o se intercambian por boletos de autobús, cocaína, animalitos luminiscentes alrededor de la bombilla que proyecta siempre la misma sombra, criaturas como yo, con mi alma en el bolsillo dando golpes inermes al cristal de luz. La pantalla aguanta todo y no admite trascendencias, sé muy bien que a estas horas en este segundo estas igual que yo, oculta en el anonimato de tus teclas, del otro lado de esta condena, aceptando solicitudes de amistad o diciéndole a alguien que sí, que el viernes te parece perfecto. A veces quisiera que no me importe pero luego miro mis alitas, deshechas de pegarle tanto y tanto al mismo vidrio. Almita de animal redundante.
sábado, 25 de setiembre de 2010
Estados de ánimo peligrosos
Siempre dependo de las casualidades para darme cuenta de que son como una extensión de lo que olvidamos, digamos otro brazo que nos ayuda a manotear cuando el naufragio es inevitable y cualquier dirección nos lleva al fondo. En buena cuenta, las inventamos como quien dobla una servilleta y de repente una flor o esas cosas que extrañamos con cautelas y demás. Eso de los azares, las casualidades, los imponderables y toda la mierda que le cargamos al gato negro (otros dirán espejos, pero yo con esos tipos no me juego) es simplemente la espalda de nuestras culpas, las cuerdas que nos esperan para colgarnos como quien juega hangman, letra por letra. Las casualidades nos llevaron a estos puntos muertos, a las inyecciones de adrenalina justo en medio de la noche o de la nada; hacernos los cojudos y resbalar por los lados no nos salva de la mancha, del temblor que las rodillas nos provocan. Nada nos salva de estos estados de ánimo peligrosos. Las casualidades te las cobran por correspondencia y el cartero nunca lo sabe. El invierno, en cambio, lo sabe muy bien.
Hacer un deslinde es necesario en este punto: las casualidades y las tristezas jamás se mezclan. Pueden culpar a la causalidad si quieren, o al destino o lo que quieran, igual ya dije que las casualidades son pura mierda. Ahora, no sé bien como definir estos estados de ánimo peligrosos, aquellos que nos incitan a tomar un verbo o un vaso (para el caso es lo mismo) y verterlo en otro agujero y dejarlo atado en no sé cuántas páginas (digo páginas por no decir sábanas o árboles) que se nos vuelan del portafolio. A veces, en esos trances, se me pierden los pensamientos, y creo firmemente que se quedan atorados en las mangas de tu chompa o tal vez ensayan sus propios (y muy particulares) quid pro quo. Es como cuando llenabas tu diario en esas pequeñas horas que nos dedicábamos, y volvías una vez más para repasar lo que dije o lo que callaste, la envoltura que se cae entre tus piernas. No era demasiado tarde aún para el juego de los labios. Y las sonrisas eran de papel crepé, amplias y con dibujitos. Pero se congelaron en muecas y, hoy por hoy, se me extraviaron todas. De cualquier modo, sonreír es harto más difícil que llorar. Eso aún lo hago bien. Borges escribió en un poema que estar triste es un goce, una vana costumbre. Puede ser, pero yo no soy Borges (eso sí, el poema es bellísimo). Entonces decir que lo estoy disfrutando sería mentir, aun cuando ya no sé con cuáles verdades me rijo. Por ahora, me juego la vida en una carrera al trabajo y con tardanza, una mañana en bicicleta rumbo a la North Main y la música lamiendo mi sudor. Ya lo dije antes, la vida debería tener música de fondo.
Hacer un deslinde es necesario en este punto: las casualidades y las tristezas jamás se mezclan. Pueden culpar a la causalidad si quieren, o al destino o lo que quieran, igual ya dije que las casualidades son pura mierda. Ahora, no sé bien como definir estos estados de ánimo peligrosos, aquellos que nos incitan a tomar un verbo o un vaso (para el caso es lo mismo) y verterlo en otro agujero y dejarlo atado en no sé cuántas páginas (digo páginas por no decir sábanas o árboles) que se nos vuelan del portafolio. A veces, en esos trances, se me pierden los pensamientos, y creo firmemente que se quedan atorados en las mangas de tu chompa o tal vez ensayan sus propios (y muy particulares) quid pro quo. Es como cuando llenabas tu diario en esas pequeñas horas que nos dedicábamos, y volvías una vez más para repasar lo que dije o lo que callaste, la envoltura que se cae entre tus piernas. No era demasiado tarde aún para el juego de los labios. Y las sonrisas eran de papel crepé, amplias y con dibujitos. Pero se congelaron en muecas y, hoy por hoy, se me extraviaron todas. De cualquier modo, sonreír es harto más difícil que llorar. Eso aún lo hago bien. Borges escribió en un poema que estar triste es un goce, una vana costumbre. Puede ser, pero yo no soy Borges (eso sí, el poema es bellísimo). Entonces decir que lo estoy disfrutando sería mentir, aun cuando ya no sé con cuáles verdades me rijo. Por ahora, me juego la vida en una carrera al trabajo y con tardanza, una mañana en bicicleta rumbo a la North Main y la música lamiendo mi sudor. Ya lo dije antes, la vida debería tener música de fondo.
sábado, 28 de agosto de 2010
Promesas a olvidar
Una vez más nos ponemos los guantes en la sangre para aprender a vivir de migajas y de renuncias, del primer vuelo a Lima para recorrer el silencio con la baba de otras sonrisas. Podría decirte mil cosas y escupir tu moral de zapatillas deportivas o los ciento veinte dilemas existenciales que encierra tu closet nuevo. No vale gastar pólvora en gallinazos, dice la familia. Pero nadie hablo de las redes, la colección de anzuelos que guardo bajo tus fotos, los girasoles que se enamoran en otros círculos polares, siempre me pongo en perspectiva pero nunca consigo arrancarle el pulso a las canciones.
Esto no durará mucho porque no tiene sentido que yo esté aquí destruyendo lo que no existe, ¿verdad? Las cosas como las madrugadas tienen su propia tinta, tienen la lógica de los amantes y del intercourse que procuras; las cosas como las batallas siempre se pierden, se dejan ir para luego encontrarlas en un doblez, en los latidos que busco para ubicarme porque te llevaste las brújulas y ahora evado charcos sin agua, sigo las líneas telefónicas pero todas terminan en un tono de auxilio. Las cosas tienen mucho de Darwin, supervivencia del más apto, del menos imbécil o del que está más cerca, más a la mano. Unas cuantas horas en un bus y lo demás te lo digo en la cama. Es el precio de la doble vida, llamada a larga distancia, cerrar los ojos en USA y abrir tus mapas en Lima. Eso, entre otras cosas.
Las cosas, como las palabras, quedaron amarradas en las fotos que miras cuando regresas de otros brazos, en ese pedazo de vida que solo es una ventana al olvido, no es un Kandinsky o un Chagall, es el cuadrado de las ausencias nuevas. Las cosas, esas pequeñas cosas, terminan por caer, se deshojan y el viento dejará de ser de plastilina, dejará de traer boletos a tu ventana y entonces no tendrás mas retazos para archivar. Las cosas, como las ausencias, se beben en shot.
Anyway, Bunbury sabe lo que hace, lo que dice. No conozco a nadie… que mienta como tú…
Esto no durará mucho porque no tiene sentido que yo esté aquí destruyendo lo que no existe, ¿verdad? Las cosas como las madrugadas tienen su propia tinta, tienen la lógica de los amantes y del intercourse que procuras; las cosas como las batallas siempre se pierden, se dejan ir para luego encontrarlas en un doblez, en los latidos que busco para ubicarme porque te llevaste las brújulas y ahora evado charcos sin agua, sigo las líneas telefónicas pero todas terminan en un tono de auxilio. Las cosas tienen mucho de Darwin, supervivencia del más apto, del menos imbécil o del que está más cerca, más a la mano. Unas cuantas horas en un bus y lo demás te lo digo en la cama. Es el precio de la doble vida, llamada a larga distancia, cerrar los ojos en USA y abrir tus mapas en Lima. Eso, entre otras cosas.
Las cosas, como las palabras, quedaron amarradas en las fotos que miras cuando regresas de otros brazos, en ese pedazo de vida que solo es una ventana al olvido, no es un Kandinsky o un Chagall, es el cuadrado de las ausencias nuevas. Las cosas, esas pequeñas cosas, terminan por caer, se deshojan y el viento dejará de ser de plastilina, dejará de traer boletos a tu ventana y entonces no tendrás mas retazos para archivar. Las cosas, como las ausencias, se beben en shot.
Anyway, Bunbury sabe lo que hace, lo que dice. No conozco a nadie… que mienta como tú…
viernes, 27 de agosto de 2010
Nudos para otras manos
La gata se acaricia tiernamente en mi mano y parece tan fácil, ser gato tiene sus ventajas. Con qué ganas me acurrucaría en este charco de silencio a las 2 de la mañana, en este sofá que no abraza, en la maldita tecla Ñ que no existe. Ella se acaricia y no mira a los lados para cruzar todas las puertas, ella se acaricia y no sabe del clima y sus respuestas avanzan como hormigas por la ventana. Yo jamás supe de ventanas y quizás fuera sintomático, si no entonces que se jodan Malevitch y los prejuicios del afuera, que no queden huellas en los vasos y que un rato cada día nos engañen con cualquiera, nos cambien por cualquiera.
…
Ser gato es saber hacerse un nudo de polvo y babas en cualquier muro de la ciudad.
…
Me imagino de nuevo en Lima y su noche sifilítica donde nada es ni tuyo ni mío salvo el último suspiro y la sangre que se te va en pastillas, recuerdos, sospechas. Un gramo más, un gramo menos, ya conoces el negocio. Siempre fuimos los cojudos de la esquina, los vagos que sólo saben de todo un poco pero jamás una maestría. En esos ratos nos cuesta creer que haya algo más cierto que nuestras mentiras, tomamos un gesto y lo hacemos mierda, una palabra nos da vida y nos destruye, eso te dicen todos y es cierto pero no les creas. Y está de más advertirlo pero ni Lucky Strike ni Camel, la ceniza es igual en todas las sangres.
Me imagino con frío, hinchado de neblina y rock and roll, escribiendo en una mesa los sonidos que dejaste en la pared. Allá también me espera una gata, me espera un patio sin ventanas, muchos libros por leer. Ellos lo saben, lo saben pero callan porque todos nos hacemos los locos cuando viene la cuenta, Gavilán lo sabe y también se hace el pendejo. Esas noches se pagan solas, una despedida vale lo mismo que una canción de amor, en esas calles todos somos una entrada nueva en un blog fantasma, tu eres mi personaje y ella te ama en otra vereda, con otro nombre y los Rolling Stones de fondo. He regresado dos veces, tres veces por las mismas cartas, el blackjack que nos deja limpios de paja y polvo, he vuelto de otro canal para meterme como el salmón a esas noches ajenas que huelen a querosene. Estoy aquí, vuelto mierda en la oscuridad de otra costa en otro océano, dejándome vivir en espejos retrovisores, pensando en las horas y el jet-lag y en cómo carajos nos dejamos arrastrar en esta sangre frenética que sabe un poco a madera con pólvora y brillo labial.
…
A veces me da por romper hojas de papel y hacer bolas, proyectiles que arrojo indistintamente, sin memoria, cuando la tarde apremia y en la esquina el reloj recoge sus minutos. En todo relato siempre hay una esquina. Si no fuera por ellas no sabría distinguir cuando mierda corro, cuando doblo, cuando cuento mis días y me embriago en las reuniones, cuando tropiezo con tu cabello regado en el baño o tus medias por la mañana, cosas sin sentido que les debo a los laberintos. Bolas de papel, bolas de nieve, cometas en agosto, todo es imaginario y hasta las fotos me mienten mejor que las tarjetas y los sueños a colores. Eso sí, nadie como tú, cariño. Mejor es salir al balcón y dejarme engañar por la luna, así las distancias no saben de traiciones ni de esquinas. Somos un triángulo sin vértices ni vertientes, un pozo de variables infinitas, abecedarios incompletos que no terminamos de entender ni a 120 ni 126mph, ni así vaya tan rápido como el rímel que derrite su mejilla, que deforma sus labios en una mueca que mis dedos pierden de vista cuando deja de llover.
…
Ser gato es saber hacerse un nudo de polvo y babas en cualquier muro de la ciudad.
…
Me imagino de nuevo en Lima y su noche sifilítica donde nada es ni tuyo ni mío salvo el último suspiro y la sangre que se te va en pastillas, recuerdos, sospechas. Un gramo más, un gramo menos, ya conoces el negocio. Siempre fuimos los cojudos de la esquina, los vagos que sólo saben de todo un poco pero jamás una maestría. En esos ratos nos cuesta creer que haya algo más cierto que nuestras mentiras, tomamos un gesto y lo hacemos mierda, una palabra nos da vida y nos destruye, eso te dicen todos y es cierto pero no les creas. Y está de más advertirlo pero ni Lucky Strike ni Camel, la ceniza es igual en todas las sangres.
Me imagino con frío, hinchado de neblina y rock and roll, escribiendo en una mesa los sonidos que dejaste en la pared. Allá también me espera una gata, me espera un patio sin ventanas, muchos libros por leer. Ellos lo saben, lo saben pero callan porque todos nos hacemos los locos cuando viene la cuenta, Gavilán lo sabe y también se hace el pendejo. Esas noches se pagan solas, una despedida vale lo mismo que una canción de amor, en esas calles todos somos una entrada nueva en un blog fantasma, tu eres mi personaje y ella te ama en otra vereda, con otro nombre y los Rolling Stones de fondo. He regresado dos veces, tres veces por las mismas cartas, el blackjack que nos deja limpios de paja y polvo, he vuelto de otro canal para meterme como el salmón a esas noches ajenas que huelen a querosene. Estoy aquí, vuelto mierda en la oscuridad de otra costa en otro océano, dejándome vivir en espejos retrovisores, pensando en las horas y el jet-lag y en cómo carajos nos dejamos arrastrar en esta sangre frenética que sabe un poco a madera con pólvora y brillo labial.
…
A veces me da por romper hojas de papel y hacer bolas, proyectiles que arrojo indistintamente, sin memoria, cuando la tarde apremia y en la esquina el reloj recoge sus minutos. En todo relato siempre hay una esquina. Si no fuera por ellas no sabría distinguir cuando mierda corro, cuando doblo, cuando cuento mis días y me embriago en las reuniones, cuando tropiezo con tu cabello regado en el baño o tus medias por la mañana, cosas sin sentido que les debo a los laberintos. Bolas de papel, bolas de nieve, cometas en agosto, todo es imaginario y hasta las fotos me mienten mejor que las tarjetas y los sueños a colores. Eso sí, nadie como tú, cariño. Mejor es salir al balcón y dejarme engañar por la luna, así las distancias no saben de traiciones ni de esquinas. Somos un triángulo sin vértices ni vertientes, un pozo de variables infinitas, abecedarios incompletos que no terminamos de entender ni a 120 ni 126mph, ni así vaya tan rápido como el rímel que derrite su mejilla, que deforma sus labios en una mueca que mis dedos pierden de vista cuando deja de llover.
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